Los editores Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba lideran desde Valencia un proyecto literario que nació como homenaje y sobrevivió gracias a la constancia y a un guiño del destino.
Si alguna vez tengo una editorial, me encantaría publicar Las voces de Marrakesh, se prometió Manuel Borrás el día en que un encontronazo casual de no más de tres minutos en Austria le llevó a conocer (sin saber que era él) a Elias Canetti y a leer ese libro en particular. Tenían todavía que pasar muchas noches y muchas cosas hasta que encajara todo en este cubo de Rubik, para que se hicieran realidad los sueños de un futuro editor.
No hay fórmula secreta, afortunadamente, que garantice el éxito de un proyecto editorial. Hay que tener recursos y aprovecharlos; se deben acumular conocimientos y explotarlos, y es bueno contar también con ángeles de la guarda. En la línea del tiempo de la biografía de Pre-Textos, que está conmemorando durante todo el año su medio siglo de labor literaria, destacan en su primera época tres episodios que le cambian la vida a cualquiera.
Primero llegó la inspiración. Y llegó muy pronto: nada más pisar los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia. Se llamaba Eduardo el chaval, algo mayor que ellos (23 años), que les invitó a involucrarse en una modesta aventura universitaria: una pequeña editorial de poesía donde poder publicar sus poemas y los de sus amigos. Sin tener ni idea del mundo de la edición, pero sí una buena dosis de intriga por lo que había detrás de los libros que leían, Manuel Borrás y Manolo Ramírez accedieron a colaborar, y eso hicieron durante prácticamente un año de calendario, hasta que les golpeó un suceso trágico: Eduardo se quitó la vida.
En mitad del luto y del estado de shock se dieron cuenta de que la semilla ya estaba plantada y germinaba en silencio. Un proyecto juvenil que nunca llegó a tener nombre, dramáticamente inconcluso, fue el motor anímico de la editorial que alguna década después se convertiría en una de las más respetadas del ámbito del libro en español.
Eso sí, el puntapié inicial, en 1976, necesitó confianza familiar, la recomendación de búsqueda de “una estrategia de supervivencia vital” y un buen empujón económico. Manuel Borrás padre (Manuel Borrás Gallo) les animó a “seguir rindiendo homenaje” a su amigo fallecido, montando un proyecto de edición como el que habían estado tratando de lanzar en la universidad.
Y eso hicieron. Comenzaron a labrar con mucho esfuerzo, lejos del eje Madrid- Barcelona y ya con Silvia cerrando el tridente, un terreno sobre el que fueron aprendiendo el oficio prácticamente sobre la marcha.
El trance crítico
Suele suceder que pasados unos años llega un punto de no retorno donde muchas editoriales pequeñas o medianas se van al traste. Para Pre-Textos vinieron mal dadas cinco años después de arrancar (en 1981): se acumulaban las dudas (Manolo Ramírez se tuvo que ir a las milicias universitarias; Manuel Borrás y Silvia Pratdesaba se quedaron solos) y las liquidaciones nunca eran favorables. Estaban a punto de tirar la toalla.
El delicado momento coincidió (qué caprichosa es la vida) con la entrada en prensas de aquel sueño de Borrás antes de ser editor: Las voces de Marrakesh, de Elias Canetti. Entonces, con el nubarrón que tenían encima cubriéndolo todo, y con el libro ya saliendo de imprenta, llegó la noticia que les coloreó la década: el autor búlgaro acababa de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura. El éxito de estas notas de viaje recién salidas del horno fue enorme e inmediato, tanto que les sirvió para aguantar a que su compañero regresara del servicio militar obligatorio y seguir remando, pero desde ese instante con el viento a favor.
Borrás no sabía que Canetti era Canetti cuando le conoció, y Canetti nunca supo que había salvado el proyecto de vida de tres amigos (para ellos es otro amigo más, todo “un santo protector”), nunca supo que les había hecho superar el trance crítico definitivo.
Desde ese bache, y como uno de los mandamientos de su labor editorial, en Pre-Textos entienden que para editar hay que establecer cierto “pacto de amistad”, sea del grado que sea. Este pacto obliga a dos cosas: hay que “ser tremendamente leal” y hay que “ser tremendamente sincero”. Es así desde que estaban en la universidad. Es así con los manuscritos. Es así siempre.
