La atribución al periodista y escritor sevillano de ocho relatos firmados por cinco nombres diferentes ha generado una intensa polémica literaria y filológica en los últimos meses.
A mediados del mes de mayo la editorial Renacimiento anunció la publicación del libro Guerra total, como «la mayor sorpresa para la literatura española en el último medio siglo». El entusiasmo estaba justificado, se trataba nada menos que de una continuación del libro de relatos A sangre y fuego, el libro más relevante del escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales y uno de los testimonios literarios más valiosos sobre la Guerra Civil.
La, a priori, excelente noticia se vio rápidamente empañada por algunas voces que cuestionaban la atribución de los textos. Las dudas aparecieron fundamentalmente en el ámbito académico. El 27 de mayo, Yolanda Morató, catedrática del Departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Sevilla, publicó en Zenda un artículo muy crítico con el libro, titulado «Guerra total: el gran bulo editorial del año».
Para encontrar el origen de la polémica hay que acudir al propio libro, cuya cubierta anuncia la «primerísima edición» de «ocho relatos inéditos de los diez en total que forman esta continuación de A sangre y fuego». El libro, editado por Abelardo Linares, contiene una nota previa a través de la cual nos enteramos de que los dos primeros relatos son «El refugio» y «Hospital de sangre», publicados en la revista cubana Bohemia el 28 de noviembre y el 5 de diciembre de 1937 respectivamente. Ambos relatos habían sido incluidos en las ediciones de A sangre y fuego para las editoriales Libros de Asteroide y Renacimiento en 2013. Los ocho cuentos restantes aparecen en una revista para público republicano editada en Francia llamada Madrid, entre el 6 de enero y el 17 de marzo de 1938. Todos ellos se publicaron firmados por otros autores. Tres: «El traidor», «La última lección» y «La tanguera» están firmados por Eduardo Borrás (dos de ellos, realmente, usando su seudónimo Enrique Albritt); otros dos: «Timidez» y «Carabinero» por Rafael Delgado (uno de ellos también firmado con su seudónimo Lumo Reva); «Un excelente verdugo» lleva la firma del escritor jerezano Fernando de la Milla; «Tragedia en la Sierra de Pancorvo» la de Ruiz Vilaplana y, por último, «Lo de Badajoz» se publica bajo el nombre de Rafael D. Almagro.
A lo largo de las 90 páginas de su epílogo, Linares explica y argumenta los motivos que le han llevado a atribuir todos esos relatos a Manuel Chaves Nogales, desatribuyendo, de paso, la autoría a los escritores firmantes de los mismos, algunos de los cuales con derechos de autor vigentes. En su artículo, Morató califica el epílogo de Linares como «torpe», acusa al editor de carecer de formación filológica suficiente para llevar a cabo una tarea tan delicada como esa y considera que Linares no aporta ninguna prueba más allá de su intuición, que la académica considera «desafinada». Para Morató la atribución forma parte de una estrategia comercial: «Mezclar la obra de varios narradores, negarles la autoría y empaquetarlos bajo un nombre ajeno para venderlo a diestro y siniestro».
De nuevo, en el ámbito académico volvemos a encontrar voces críticas, esta vez la de María Isabel Cintas, antigua catedrática de Instituto, biógrafa de Chaves Nogales y editora de su obra narrativa y periodística. Cintas defiende que jamás ha publicado nada que no estuviera firmado por Chaves Nogales. También acusa a Linares de poco rigor académico a la hora de presentar sus argumentos, los cuales, a su juicio, no se basan en certezas, sino en suposiciones o sospechas no documentadas, apoyadas únicamente en la intuición. A este respecto, Cintas reconoce que los relatos «están bien escritos y son interesantes, tienen mucha fuerza», pero no percibe en ellos la huella del autor sevillano. «Chaves Nogales hubiera aportado a los relatos un halo poético e incluso irónico a muchas situaciones», declara, «le habría dado ese toque aparentemente intrascendente, pero tremendamente profundo; a la vez irónico, pero lleno de ternura en lo que cuenta. Estos cuentos me parecen demasiado duros para ser suyos, demasiado sangrientos».
Al preguntarle si los argumentos esgrimidos por Linares en el prólogo le parecen convincentes, responde tajantemente: «No, me resultan farragosos y ajustados a una realidad previamente establecida. Primero decide que los cuentos son de Chaves Nogales y luego se pone a buscar los argumentos para demostrarlo. Así no se lleva a cabo una investigación científica o académica».
En este sentido, Linares cierra su epílogo aludiendo a pruebas de autoría realizadas por la IA con la colaboración de un experto en lingüística forense. Gracias al propio Linares, Publishers Weekly España ha podido tener acceso a los primeros resultados de un análisis realizado, no con la ayuda de la IA, sino de Stylo, una potente herramienta informática utilizada habitualmente en estilometría para investigar autorías y que cuenta con un amplio respaldo académico. Javier Blasco, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Valladolid y especialista en estilometría, ha llevado a cabo el análisis. Blasco ha trabajado con un corpus compuesto por textos de autores cercanos en el tiempo a Chaves Nogales: Clara Campoamor, Azaña, Elena Fortún, Morla Lynch, Alfredo Muñiz y Serrano Poncela; además de dos de los autores firmantes de cinco de los ocho cuentos de Guerra total: Eduardo Borrás y Lumo Reva (seudónimo de Rafael Delgado); precisando que ninguno de los textos de Borrás analizados tienen carácter narrativo, lo cual podría haber influido en el resultado.
En cualquier caso, las conclusiones de Blasco al respecto de este primer análisis son firmes: «El resultado, como reflejan los gráficos a partir del corpus objeto de análisis mencionado, es muy claro: con absoluta seguridad se puede afirmar, a partir de los resultados obtenidos, primero, que todos los relatos de Guerra total, salvo el número 6 (“Un excelente verdugo”), son de un solo y mismo autor; segundo, que (con un índice muy alto de probabilidad) todos los relatos de Guerra total (salvo, repito, el número 6) son del mismo autor que los relatos de A sangre y fuego; tercero, que los relatos 1 y 2 de Guerra total se corresponden exactamente (por eso se vinculan en posición 0, con los relatos 11 y 12 de A sangre y fuego); cuarto, que el texto 1 de A sangre y fuego se separa de los usos de escritura de Chaves Nogales, pero ello tiene una explicación bastante lógica, si tenemos en cuenta que se trata del “Prólogo”; quinto, que para el texto 6 de Guerra total, y su alejamiento del resto de relatos de ese libro, no tengo explicación; y sexto, que respecto al resto de autores considerados, el más próximo a los usos de escritura detectados en Guerra total es Alfredo Muñiz, pero el parentesco de cualquiera de sus textos con los de este último título es mucho más lejano que cualquiera de los textos de A sangre y fuego. En conclusión, con una seguridad absoluta se puede afirmar, por un lado, que los relatos de Guerra total son todos ellos de un solo y mismo autor; y, por otro, que existe una muy alta probabilidad de que el autor de todos ellos sea el mismo que el que firma A sangre y fuego, descartándose la posibilidad de atribución de autoría de estos relatos a ningún otro de los autores del corpus analizado».
Los resultados, por tanto, respaldan abrumadoramente la atribución de Abelardo Linares, aunque Blasco asegura que aún se puede afinar más el análisis: «quiero precisar que, para poder ser absolutamente concluyente al respecto de la autoría, entre otras cosas habría que sumar al corpus de análisis, algún texto (si lo hubiere) de los autores cuya firma aprovecha Chaves Nogales y ver, entonces, los dendrogramas resultantes. Pero, con el corpus que he podido analizar, los resultados son concluyentes y no lo digo yo, Javier Blasco, que carezco de autoridad alguna para opinar, literariamente hablando, de ninguno de estos autores. La conclusión es la que se deriva del análisis absolutamente objetivo que devuelve la herramienta aplicada a los textos con distintas métricas (palabras, caracteres) y diferentes valores».
Está por ver si estos resultados provocan que la comunidad académica pase del escepticismo con el que acogieron la atribución de Linares al estudio activo de estos textos. De momento, seguiremos a la espera de esos nuevos análisis que ayuden a determinar con más precisión aún quién escribió Guerra total.
