Manuel Borrás Arana (Valencia, 1952), licenciado en Filología moderna por la Universidad de Valencia, es editor y director literario de la editorial Pre-Textos, que fundó en los años setenta junto a Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez. Su catálogo ha alcanzado el medio siglo con 2000 títulos. “Me quedaría a vivir en esta casa”, dijo el poeta y ensayista brasileño Haroldo de Campos cuando analizó la biblioteca inglesa del vestíbulo del piso de Borrás en Madrid.
- Pre-Textos ha publicado en español a grandes autoras y autores cuando poca gente les hacía caso. ¿Qué nombres te vienen a la mente?
Pues mira, Giorgio Agamben, y después tuvimos el gran escándalo, a base de infamias, con lo de Louise Glük. Cuando nosotros publicamos a la poeta norteamericana, éramos la única editorial en el mundo que había publicado siete de sus once libros. Y, sin vender, habíamos mantenido la razón de su obra. De buenas a primeras, se convierte en objeto de la avidez de los colegas, en su perfecto derecho.
- ¿Es la ley del mercado?
Hay autores que no despiertan el interés de nadie hasta que empiezan a vender. Y cuando empiezan a vender y tú puedes empezar a resarcirte, como estamos en una sociedad de libre mercado y hay aceptar las reglas del juego, siempre viene alguien automáticamente con su chequera y te lo arrebata. La pregunta que me hago es: ¿dónde estaban esos editores cuando nosotros, hace veinte años, empezamos a publicar a Louise Glück o a Giorgio Agamben? ¿Por qué se convierte en objeto de interés solo cuando venden, no antes? No solo ocurre en España, sino también en el ámbito internacional. ¿Qué criterio de excelencia es el que se maneja en el mundo del libro? Unseld y Klaus Wagenbach en el ámbito alemán, Gallimard en el ámbito francés o Einaudi en el italiano eran unos señores que no eran puros mercaderes. Y ahora resulta que hay un porcentaje enorme de mercaderes en lo nuestro. Es legítimo, porque esto al fin y al cabo es un comercio y hay que vender los libros para poder sobrevivir.
- ¿Próximos retos de Pre-Textos después de este medio siglo?
Seguir haciendo lo que hemos hecho. Nosotros nunca hemos estado al dictado de ninguna moda. Jamás. Desde muy jovencitos creemos, además, que las modas tienen una virtud intrínseca: pronto pasan de moda. Recuerdo que, cuando empezamos, mi gran amigo José Antonio Llardent, de la editorial Istmo, me dijo un día: “Pero Manuel, ¿no te has dado cuenta de que vais veinticinco años por delante?”. En ese momento, me tomé aquello como un piropo, porque era joven. Con el tiempo me di cuenta de que era un aviso a navegantes: tiene los inconvenientes que acabamos de ver.
- ¿Se pueden hacer amigos de verdad en el mundo del libro?
Sí. Por fortuna, gran parte de mis grandes amigos y amigas me los ha dado el libro. Hago una distinción también, con lo que yo llamo mi círculo mágico, esas personas con las que yo he podido intimar más, con las que quizá más hemos coincidido, con afinidades selectivas, pero después me han surgido muchos más amigos.
- ¿Y quiénes forman ese círculo mágico?
He tenido dos amigos mayores, mucho mayores que yo, que murieron casi centenarios: Ramón Gaya y José Antonio Muñoz Rojas. No solo nos han acompañado durante todos estos años, sino que nos han apoyado muchísimo. Para mí no solo han sido amigos: han sido maestros, en la vida y en la cultura. También están dentro de mi círculo mágico Andrés Trapiello, José Luis Pardo y Juan Navarro Baldeweg, aunque viene del mundo de la arquitectura.
