Publishers Weekly conversa con la autora mexicana tras el lanzamiento de Principio, medio, fin, en lo que es el inicio de la era de la editorial italiana Feltrinelli en España.
La luz de la tarde entra por los ventanales y obliga a Valeria Luiselli a apartarse ligeramente para esquivar el sol. Luiselli (Ciudad de México, 1983) lleva varios días de promoción en Madrid con Principio, medio, fin, una novela en la que la narradora, una mujer recién divorciada y su hija viajan a Sicilia entre volcanes, mosaicos robados e historias familiares fragmentadas mientras que, a miles de kilómetros de distancia, la madre de la narradora empieza a perder la memoria.
Luiselli, autora de Los ingrávidos, La historia de mis dientes y del ensayo Los niños perdidos, alcanzó un reconocimiento internacional aún mayor con Desierto sonoro, distinguida con el International Dublin Literary Award. Siete años después de aquella novela, publica Principio, medio, fin simultáneamente en español e inglés, sus dos lenguas maternas.
Antes de empezar la conversación, le cuento a Valeria Luiselli algo que quizá no debería decirse tan pronto en una entrevista: que su novela me ha emocionado profundamente y que, al terminar de leerla, hice algo un poco supersticioso. En Principio, medio, fin aparece el gesto de abrir un libro al azar para preguntarle algo al mundo, al tiempo o al destino. En mi caso, busqué mi ejemplar de Desierto sonoro y abrí la primera página. Me encontré con esta frase: “Los niños harán preguntas porque preguntar es lo que los niños hacen, y no nos quedará más remedio que contarles algo con un inicio, un desarrollo y un final. Tendremos que dar respuestas, ofrecerles una narrativa”.
Cerré el libro con la sensación gozosa de haber encontrado un eco secreto entre ambos libros. Y así comienza nuestra conversación.
Valeria, sentí que Principio, medio, fin dialogaba profundamente con Desierto sonoro. ¿Pensaste esta novela como una resonancia de aquel libro?
Cuando una escribe un libro deja semillas de cosas que no terminaron de crecer, inquietudes que se quedan ahí. Muchas veces las llevas contigo al siguiente proyecto. Creo que hubo cosas de Desierto sonoro que no terminé de explorar a fondo. Por ejemplo, todo el universo del sonido y de la grabación sonora. Cuando acabé ese libro dije: yo quiero hacer esto que hacen los personajes. Y en efecto me junté con un equipo y llevamos cinco años grabando sonidos en la frontera entre México y Estados Unidos. Principio, medio, fin surge de esos años de escuchar atentamente. Y cuando digo atentamente me refiero a pasar horas grabando viento junto a un río o una tormenta de polvo en el desierto. Está escrita desde ese espacio de escucha.
¿Esos niños que hacen tantas preguntas obligan a los adultos a encontrar una forma para lo que todavía no la tiene?
Mi hija me señaló que en La historia de mis dientes aparece ya algo sobre el principio, el medio y el fin. Y en Los niños perdidos también. Se ve que llevo mucho tiempo pensando en cómo contamos las cosas, qué significa estar en el medio, qué es un principio y cómo sentimos los finales. Todos los libros que escribo llevan años haciéndose preguntas entre sí.
El título de la novela parece casi aristotélico, una declaración de poética. Y sin embargo, el libro es de todo menos clásico: fragmentos llenos de desvíos, ecos, repeticiones, imágenes que vuelven…
Esta novela es muy antiaristotélica. La definición de la trama como un todo con principio, medio y fin es muy satisfactoria; y el medio es todo lo que no es esto pero vino a ser aquello. Entonces, la novela reivindica de algún modo la posición del medio.
Pero sí hay una especie de falsa trama o un MacGuffin: la devolución que pretenden hacer madre e hija del mosaico que encontró Nana, la abuela siciliana cuya historia familiar impulsa el viaje.
Sí, es una trama tramísima en esa parte. Es el hilo de la novela y una trama en el sentido más clásico de la palabra. Pero fue consecuencia; nunca empiezo por la trama porque me interesa poco. Pero la trama para mí siempre es consecuencia de las preguntas, no el motor principal. Creo que las tramas interesan cuando hay un chisme que contar. Es decir, cuando necesitamos conocer una historia de algo que pasó, pues sí, queremos saber. Si alguien nos cuenta su proceso de enamoramiento con alguien, cada detalle y en el orden correcto es importantísimo. Pero en una novela me interesa más la constelación de preguntas que se va armando.
Se habla mucho de los principios y los finales de las historias, y menos del medio. Tu protagonista parece vivir, sin embargo, en el medio: en la mediana edad, ocupando un espacio entre su hija y su madre, entre una niña que crece y una madre que empieza a perder la memoria.
Ahí es donde me interesa poner la mirada. Porque donde parece que no pasa nada es donde se juega todo en nuestras vidas. Se parece un poco a sentarse a escuchar vientos. Si no estás acostumbrada al ejercicio de la escucha, los primeros minutos te puede parecer que, en realidad, lo que estás escuchando es la nada. Pero cuanto más tiempo pasas y más escuchas y más estás presente, más empiezas a percibir los minúsculos cambios, los patrones, las cadencias, el pasar de la vida.
En Principio, medio, fin esa escucha se amplía. Lo cosmogónico y enorme, los vientos, el cielo, los mitos, la astronomía, frente a la intimidad mínima de una madre y una hija.
Me interesan mucho las escalas. En esta novela me interesaba plantearme el problema de los principios, efectivamente a nivel cosmogónico, pero también en la vida humana. Todos los principios parece que empiezan por una gran ruptura, por algo que se quiebra en dos, el mar y el cielo partidos en dos, o la tierra y el cielo peleándose. La vida humana comienza en una gran partida en dos, fisiológica, gracias a la cual emerge un nuevo ser. Pero también los muchos principios que hay en nuestras vidas. Recomenzar acontece casi siempre después de que algo se rompe.
Otro gran tema del libro es la memoria. Mientras madre e hija recorren Sicilia, la narradora intenta recomponer una constelación de relatos femeninos: la memoria cada vez más frágil de su propia madre, a la distancia, y las historias heredadas de Nana, la abuela siciliana cuya vida impulsa el viaje. ¿Está la memoria compuesta de fragmentos, como los que forman el mosaico que atraviesa toda la novela?
Exactamente, qué curioso que lo digas porque es una imagen que me ha venido mucho en estos días en que he estado hablando más por primera vez del libro y explicando un poco el proceso de trabajo. Yo escribo sin trama, por ende, lo que puedo escribir son notas, observaciones. Y no hay nada que una esas cosas en un principio, son pequeños mosaicos aislados durante mucho tiempo en los que una confía que cada piedrita un día encontrará su lugar. A veces obviamente se pierde la dirección, se pierde la esperanza, pero también hay una fe un poco tonta y ciega que hay que tener cuando se escribe. Y con el tiempo sí, las piedritas se juntan y se despliegan todas sobre una superficie como un mosaico.
La repetición ocupa un lugar central en el libro: frases que regresan, preguntas insistentes, imágenes que reaparecen una y otra vez.
Compongo mucho desde la cadencia. Y en esa cadencia la repetición genera momentos donde se amarran las cosas, donde vuelven a caer, donde se conectan. Además internamente, la arquitectura interna de los fragmentos es muy importante porque los fragmentos no se suceden unos a otros de manera cronológica y lineal y hay que encontrar lugares donde se amarren unos fragmentos con otros. La repetición es ese lugar y lo es también dependiendo de qué tan lejos esté una repetición de otra.
A mí, en ocasiones, el runrún excesivo, la repetición de la misma rutina madre-hija me parecía ligada también a la relación de la narradora con su maternidad.
Claro, la repetición también está muy presente en la experiencia de la maternidad. Les leemos los mismos libros una y otra vez a nuestros hijos, vemos las mismas películas, las mismas canciones, la misma conversación, ¿no? Ese movimiento circular y cíclico, que por cierto, regresa al final de la vida también cuando los padres empiezan a perder las memorias y vuelven a lo mismo y a lo mismo y a lo mismo. Como si algo en la mente necesitara resolver algo y entonces circula hacia un centro de gravitación oscuro al que quizás jamás se acceda. Hay también repetición en eso.
Esa mujer situada en el medio, entre su hija, que empieza a crecer, y su propia madre, que comienza a perder la memoria, parece convertirse también en guardiana del recuerdo…
No sabemos cuándo nos vamos a morir así que bueno, estamos un rato en este medio observando por un lado a nuestros hijos crecer, entrar al mundo, formular sus propias versiones de las cosas, articular sus preguntas cada vez más complejas; y por otro lado observando a nuestros mayores desvanecerse, perder la salud, perder la memoria, perder asidero y sensación de derecho de pertenencia en el mundo. Son procesos muy duros, muy tristes de observar. Hay muchas preguntas en la novela, preguntas estructurales, cosmogónicas, telúricas, pero digamos que mi conexión emocional con la novela es muy visceral, muy orgánica, tiene que ver con ese lugar y nuestros hijos y nuestras madres y qué hacer viendo estos dos lugares del arco de la vida.
En Principio, medio, fin, además de las historias íntimas de esta familia, también aparecen constantemente las grandes narraciones, los clásicos, casi como si fueran otra forma de orientarse en el mundo.
Me interesaban mucho las épicas del Mediterráneo. Pero más la Eneida que la Odisea. En la Odisea ganan una guerra y vuelven a casa. En la Eneida pierden una guerra, pierden una casa y tienen que inventarse otra. Esa partida, ese gran desplazamiento de la Eneida, es también de algún modo la historia de los exilios a lo largo del siglo XX y de la bisabuela, que como tantas personas del Mediterráneo de esa época migró a las Américas. Y de modo quizá más metafórico, la historia de esta madre y esta hija.
En una novela donde lo cosmogónico y la literatura del pasado tienen tanta importancia, la narradora reflexiona: “creo a veces que extraño aún más el presente de lo que extraño el pasado”.
La nostalgia del presente. Pues sí, yo creo que somos conscientes de lo efímero cuando tenemos esa milagrosa pausa en la que podemos poner atención más profunda a las cosas y vemos lo milagroso de un momento de luz, un sonido al que no ponemos atención y de pronto emerge en nuestra conciencia. Por supuesto, en esos instantes de relación con nuestros hijos podemos congelar un segundo el tiempo y verlo y sentir cómo va a seguir pasando de largo, pues ahí está. Es también una forma de anclaje en el presente y de amor por el momento.
La figura de los niños perdidos está muy presente en tu obra: desde el ensayo Los niños perdidos hasta Desierto sonoro, donde aparecen los niños migrantes separados de sus familias en la frontera. En Principio, medio, fin me pareció más bien que había varias mujeres perdidas y una niña bastante lúcida.
Sí, la novela juega con eso: en una niña que va escuchando, preguntando, armando para sí misma su propia trama, incluso prediciendo la trama de las cosas. Y que, en un momento dado, toma las riendas. Ya es ella quien jala la historia.
Me hizo pensar mucho en aquello que aparece en la primera página de Desierto sonoro: la idea de que los padres necesitan construir narrativas para responder a las preguntas de los niños. Y aquí el movimiento se invierte: al final, la niña encuentra una narrativa para su abuela, para ayudarla a agarrarse a la memoria.
Sí, qué bonito arco viste.
En tu novela, esta niña pregunta obsesivamente a su madre: ¿crees que se puede viajar en el tiempo? Y yo, para terminar, te reformulo la misma pregunta: ¿cómo se viaja en el tiempo según esta novela?
Yo creo que la novela no se casa con una sola manera de viajar en el tiempo, pero va abrazando diferentes maneras de hacerlo. Creo que la novela diría, o la narradora diría —también yo diría, sin duda—, que Plinio escribe predicciones sobre el futuro y dice que en el agua se pueden leer las cosas que van a pasar pronto y que, si vienen ciertos tipos de rumores del bosque: una manera de viajar en el tiempo es la predicción. Es decir, poder leer en las señales del presente lo que va a pasar. Queda abierto, pues, a la interpretación, pero digamos, nunca he dejado de ser yo, en el fondo, muy infantil en algunas de mis cosas y la idea de viajar en el tiempo me enloquece. Entonces al final siempre escribo libros realistas sobre viajar en el tiempo. Aunque sin máquinas. No hay máquinas. En Principio, medio, fin está el legado de las historias, que no son un legado unidireccional que recibimos pasivamente, sino que son algo que volvemos a trenzar en el presente. Y al trenzarlo, estamos siempre actualizando el pasado y resignificándolo. Entonces, es finalmente una forma circular en la que el tiempo circula. O, como diría la niña, un tiempo que se mueve en zigzag, a través de las historias del pasado que nos contamos.
Valeria Luiselli hace una pausa. Ya estamos terminando, pero se queda pensando un instante en la pregunta sobre los viajes en el tiempo. Mira a través del ventanal, ahora sin esquivar el sol, y continúa hablando.
Hay un poema de Emily Dickinson muy propio de esta hora del día que dice que el presentimiento es esa larga sombra que indica que el sol se va. Y es así tal cual. El presentimiento es ver la sombra y saber lo que viene. Es una forma de leer algo que está por pasar. Otra escala de ese mismo sentimiento tan fugaz, un momento psíquico fugaz. Entonces, bueno, quizá ese sea un modo de viajar en el tiempo.
