Reflexión sociotenística saltando de libro en libro, y conociendo historias de éxitos y fracasos, porque este deporte puede producir relatos excepcionales y relatos demoledores.
0-0
Jugué al tenis de forma regular hasta los 18 años, momento en que empecé a leer compulsivamente, entre otros autores, a Truman Capote. Memorizaba párrafos enteros. Era un joven desnutrido hambriento de referentes. Trabajaba de camarero. A veces anotaba frases reveladoras en las hojas que usaba para tomar las comandas. «Entonces, un día, comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y ese látigo es únicamente para autoflagelarse».
Memoricé otras iluminaciones de Capote: «Escribir nunca es fácil. Por si alguien no lo sabe, es el trabajo más duro que hay». Esto, en cambio, no es verdad. La escritura es una tarea agotadora, similar a la condena de Sísifo, obligado a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña para verla caer de nuevo. Pero hay decenas de oficios más sacrificados que el de colocar una letra junto a otra. Por ejemplo, el tenis, un deporte en el que también resuena el mito de Sísifo: al fin y al cabo, se trata de golpear una y otra vez una pelota que (casi) siempre vuelve.
1-0
Andre Agassi cuenta en Open (Duomo, 2014) que, cuando se convirtió en el número 1 del mundo, no sintió nada. A pesar de haber sido uno de los elegidos por ese Dios del que hablaba Capote, Agassi detestaba el don que lo hacía excepcional. Hubiera preferido no tenerlo para librarse también del látigo: «El sitio al que llegas cuando tocas fondo puede ser muy agradable, porque al menos descansas. Sabes que, durante una temporada, no irás a ninguna parte».
Si para Juan Belmonte la vida era como ponerse de noche desnudo delante de un toro bravo, para Agassi todo partido de tenis es una vida en miniatura. A veces atacas y a veces restas, das golpes ganadores y cometes errores no forzados, puedes encadenar dos dobles faltas y acabar jugándotela en la muerte súbita. Un torero temerario, un tenista impasible y un escritor devastado comparten al menos una cosa: cuando llega el momento decisivo, los tres están solos.
2-0
El tenis puede producir relatos excepcionales y relatos demoledores. Cada tenista ha sido educado desde niño para convertirse en protagonista. Sin embargo, la inmensa mayoría termina siendo un personaje secundario de la obra, cuando no un supernumerario. En Nocturno de tenis (Libros del K.O., 2024), Luis Torres de la Osa contempla desde la adultez cómo y por qué se fue echando a perder su prometedora carrera tenística. El resultado es un relato de iniciación fragmentario y melancólico sobre el talento, el fracaso y el paso del tiempo: «A partir de los cuarenta todos parecemos ciudades devastadas». Torres de la Osa convierte esta cita de Virginie Despentes en una profecía autocumplida. Por fortuna, a los 39 años cumplió su deseo de escribir «un libro que refleje algo de belleza antes de que mi devastación íntima haga su trabajo».
3-0
La reedición del clásico Los niveles del juego (Gallo Nero, 2026), de John McPhee, era tan necesaria como un ace cuando tienes que salvar una bola de partido. El libro reconstruye punto a punto un partido memorable: la semifinal del US Open de 1968 entre Arthur Ashe y Clark Graebner. De fondo se despliega una radiografía de los Estados Unidos de la época atravesada por la raza, la clase social, la educación y la ideología. Ashe y Graebner no son únicamente dos jugadores: son dos maneras incompatibles de habitar un mismo deporte.
4-0
El marcador del tenis posee una cualidad muy literaria: te permite perder durante horas, sobrevivir a varias derrotas parciales y acabar ganando el punto decisivo en la última página. Frente a la literatura de los campeones, Contra las cuerdas (Contra, 2026) refleja la precariedad del 99 % restante. Su autor, Conor Niland, llegó al puesto 129 del ranking mundial. A los 30 años, después de una vida económicamente ruinosa por los circuitos menores, Niland no se retiró del tenis, como hacen los grandes; simplemente lo dejó. No volvió a participar en un torneo y nadie le llamó para preguntarle por qué. Había cientos de chicos que, como él, habían sacrificado su infancia esperando ocupar su sitio.
5-0
A los 44 años, para hacer frente a mi propia devastación, volví a jugar al tenis. Estoy tan enganchado que me creo que aún tengo futuro. Me veo moviéndome por la pista con esa «belleza cinética» que David Foster Wallace encontraba en Federer. Nada más lejos de la realidad. Tengo sobrepeso y una calcificación en el supraespinoso del hombro derecho. Aun así, me visto de blanco para ir a jugar, como quien se pone un fular alrededor del cuello para sentarse a escribir.
6-0
El libro de Geoff Dyer Los últimos días de Roger Federer y otros finales (Literatura Random House, 2023) no es exactamente un libro sobre Roger Federer, sino sobre el declive: ese momento en que el cuerpo empieza a separarse del talento. Hace unos días volvimos a ver a Federer sobre una pista de tenis para jugar un partido de exhibición. Fue imposible no advertir la diferencia. Los cuerpos envejecen, llegan a su límite, es el ciclo de la vida. Giri Nathan da cuenta de ello en Cambio de ciclo (Neo Person, 2026), donde los protagonistas ya son Alcaraz y Sinner. Me parece pronto para escribir sobre ellos. Solo cuando dejen atrás sus mejores años los conoceremos de verdad. El éxito se vive. La caída es lo que se cuenta.
