La autora moldava ha publicado sus tres novelas en España con la editorial Impedimenta. Siete años después regresa con Cuando seas feliz, golpea tú primero.
Tatiana Tîbuleac lleva una camisa amarilla. Es en lo primero que me fijo y pienso enseguida en la dedicatoria de Cuando seas feliz, golpea tú primero: “A mi padre, el de la camisa amarilla”.
Țîbuleac (Chisináu, 1978) ha publicado sus tres novelas en España con Impedimenta. La primera, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2019), lleva más de 180.000 ejemplares vendidos. Después vino El jardín de vidrio (2021), distinguida con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Tras siete años sin publicar una novela, regresa con Cuando seas feliz, golpea tú primero, la historia de Mila, una mujer moldava de cincuenta años que vive en París, pasea perros y cuida a otras personas mientras intenta dejar de beber. En su presente, irrumpen constantemente los recuerdos de su infancia en Chisináu, los amigos y el padre que dejó atrás.
Tibuleac es tranquila, aunque de presencia poderosa, y hay algo familiar en ella después de haber vivido tantas páginas con Mila. Su novela nace de una historia y un país muy concretos, pero durante la lectura me ha llevado una y otra vez a mi propia historia, a mi mediana edad y a mi manera de mirar a mis padres ahora. Antes de hacerle la primera pregunta, le confieso que empecé a llorar con la dedicatoria de la camisa amarilla. Y, bueno, en realidad con todo el libro, prácticamente. “Todo el libro» -sonríe ella-. «Eso es buena señal”.
Tu prosa llega muy deprisa a un lugar doloroso. ¿Cómo trabajas la escritura para que tenga esa fuerza sin subrayar la emoción?
Siempre empiezo a escribir desde algo muy personal, y con este libro empecé a partir de una conversación con mi padre sobre la felicidad. Fue unos años antes de que muriera. Hablamos de la felicidad y entendí lo diferentes que éramos. Entonces pensé: merece la pena escribir sobre su generación, probablemente la última generación que vivió y murió pensando en esas grandes cosas que eran más importantes que sus familias, que sus esposas, que sus hijos. Primero el trabajo y después la familia; primero los ideales y después los beneficios personales. Aquellos años fueron muy difíciles, porque todo cambiaba cada día, todo el tiempo. No podías conservar nada de lo que tenías durante más de, ya sabes, un par de semanas. Tampoco la felicidad, ni el amor, ni la amistad, ni, básicamente, la estabilidad. Así que este libro tiene muchos, muchos temas, pero en el fondo se reduce a dos, como siempre. La amistad es un tema central del libro, y me alegra que esté en el centro, pero también está el miedo a ser feliz.
Para mí, como lectora, además de la amistad y la idea de la felicidad, aparecen también constantemente la edad, la identidad y cómo solo entiendes a tus padres cuando ya ha pasado demasiado tiempo como para reconciliarte con ellos…
Sí, porque fíjate en lo que pasa con este libro. No escribí nada durante siete años. Y en esos años envejecí, perdí a mi padre, murió. Pasé por ciertos procesos en mi vida que acabaron alcanzando la voz de mi narradora. Así que soy Mila de muchas maneras, aunque su historia no sea necesariamente mi historia.
Después del enorme éxito de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes y de escribir sobre la madre, ahora escribes sobre el padre. ¿Qué diferencia hay entre cada vínculo y la manera de relatarlo?
Sabes, me prometí a mí misma no decir nunca que El verano…, hasta cierto punto, también trata de mi padre. Porque quería que siguiera siendo un libro sobre la madre. Da igual cómo lo escribí o qué rasgos personales míos había en él. Me alegra que esté escrito como está, que muchas mujeres encuentren consuelo en él y que muchos hijos hagan las paces con sus padres. En cuanto a este otro libro, fue muy diferente escribirlo, porque aquí la relación entre la niña y el padre es la relación entre mi padre y yo. Aunque tengo que decir que mi padre no abandonó a la familia, siempre estuvo con nosotros. El caso es que, cuando pensaba qué clase de recuerdo estaría bien tener de mi padre después de su muerte, pensé que no hay mejor cementerio que un libro donde todavía pudiéramos encontrarnos en nuestros lugares favoritos, hacer nuestras cosas favoritas. Cuando seas feliz, golpea tú primero soy yo echando de menos a mi padre durante toda mi infancia, porque estaba muy ocupado, siempre estaba fuera, siempre viajando, como hago yo ahora. Creo que este libro es una especie de banquito al que podemos ir a sentarnos y hablar. Para mí, el padre es maravilloso.
Oh, desde luego que lo es.
Bueno, tú dices eso, pero he recibido muchos mensajes enfadados de gente que dice que el padre es un cabrón y que yo lo glorifico. Este es mi libro que más opiniones enfrentadas ha provocado. Mila no es fácil de querer, el padre no es fácil de querer. Así que me preguntan por qué los hice tan agradables en el libro si son tan desagradables, y esta es la historia que escribí con mucho más dolor que las otras. Pero creo que este libro recompensa a quienes quieren terminarlo.
Bueno, a mí me gusta especialmente ese momento en que padre e hija inventan títulos de libros, van a la librería y preguntan por ellos… Me daban ganas de robar ese recuerdo para mí.
Soy madre de dos hijos y ahora hago con mis hijos todo lo que pensaba que mi padre no hacía bien cuando yo era joven. Veo que hago algunas cosas exactamente igual y que su reacción es exactamente la misma. Pero siento que, como adulta, puedes volver atrás y entender de otra manera a tus padres. Esa niña creció con su padre entre libros y teatros, y con ese sentido del humor que a veces es tonto, pero que a ellos les encantaba. Mila lo idealizaba un poco, pero lo quería.
Mila se aferra al recuerdo de su padre y también al de sus amigos de juventud. Como si todavía pudieras ser la misma persona si sigues relacionándote con las mismas personas.
Nuestra generación no tenía redes sociales. Solo teníamos amistades físicas, presenciales. Y para algunos de nosotros las amistades eran incluso más importantes que nuestra vida privada, porque la amistad significaba mucho más que tener un par de amigos con quienes ir a tomar un café o una copa de vino. A veces una amistad marcaba tu vida y el rumbo de tu vida, y era mucho más que esa palabra, “amistad”, porque a veces era una forma de vivir juntos, una forma de satisfacer tus deseos sexuales, una forma de participar en ciertos cambios sociales de una manera en que no podrías hacerlo por tu cuenta, ya sabes, porque esos grupos de amigos estaban siempre juntos, compartiendo ideas y cosas. Hoy, si miro a mis hijos, la amistad está ahí, pero tiene una forma muy diferente, y consiste siempre en ponerse a uno mismo primero. No tienen esa noción del sacrificio que teníamos nosotros por nuestros amigos, creo…
Mila recuerda que, en su juventud, se decía que las mujeres de cincuenta estaban «entre dos edades».
Era una sociedad muy patriarcal, en cierto modo. El papel principal de las mujeres en la vida era casarse, tener hijos y criarlos como es debido. Así que, si te casabas a los 20 y tenías un par de hijos, cuando llegabas a los 40 o 45 te encontrabas bastante mayor para la gente que te rodeaba; no para ti, sino para los demás. Ese concepto existía y yo quería hablar de él, porque a veces las mujeres de Europa del Este, incluso hoy, quizá tienen mejor aspecto, están más sanas, pero se sienten viejas por dentro, porque la vejez empieza en la cabeza. Y creo que quería que este libro fuera una especie de, si se quiere, instrucciones para leer a las europeas del Este. Mila, en cierto sentido, es difícil de querer porque, desde luego, tiene muchos defectos: es misógina, es racista hasta cierto punto, es alcohólica, no cree demasiado en los sistemas sociales. Pero, al mismo tiempo, en lo más profundo de su humanidad, es muy buena, porque puede dar el último objeto que le queda solo para ayudar a alguien que cree que está peor que ella. Es muy fácil fabricar a una migrante de aquella época y hacerla falsa, simplemente para que resulte más simpática. Y ese no era mi objetivo. Quería que Mila fuera real.
A mí me parece muy real, y me llama la atención cómo habla de la menopausia, el sudor, los muslos que se rozan. Mila siente que se está pareciendo a mujeres que de joven le desagradaban.
Sí, y qué momento ese, ¿verdad? Cuando entendemos que hemos envejecido. Lo odias cuando eres joven y, una mañana, lo ves en el espejo.
¿Y cómo se vive con eso? ¿Cómo vive Mila con eso?
Yo escribo libros.
Y Mila bebe y se debate y conflictúa mucho con su adicción…
Una de las cosas que más me impresionaban cuando era niña y joven era que, por muchos defectos que tuviera un hombre, siempre eran menos graves que el mismo defecto en una mujer. Dos personas que viven en la misma familia y hacen las mismas cosas, pero a una se la considera aceptable y a la otra la condena la misma sociedad. Y el alcoholismo es una de esas cosas. Cuando yo crecía en Chisináu casi nunca veía mujeres borrachas porque se escondían. Pero podías ver a hombres bebiendo por todas partes, todo el tiempo. Eso era un estatus. Así que lo conozco muy bien. Y me gusta beber vino, no es ningún secreto, y creo que a veces me gusta beber de más, pero como soy madre… pues tenemos esa culpa. Sentimos culpa y tenemos vidas mejores. Pero en tiempos soviéticos las mujeres que se volvían alcohólicas quedaban ocultas o completamente apartadas de la sociedad. “Mujeres perdidas”, las llamaban. Pero Mila no. Mila se cae infinitas veces y se vuelve a levantar cada vez.
¿Querías darle la inmortalidad a tu padre en este libro? ¿Había algo de eso?
Con este libro quería darle a mi padre un lugar feliz. Porque no sé dónde estará, y probablemente esté discutiendo con alguien ahora mismo porque siempre fue una persona conflictiva, pero en este libro siempre será feliz porque estará rodeado de cosas que conoce y de cosas que lo conocen.
Y con su camisa amarilla.
Sí, con su camisa amarilla.
Entonces le pregunto si se ha puesto a propósito la que lleva. Se la mira, sorprendida. “¿Te puedes creer que no me había dado cuenta?”. Y más tarde, cuando nos despedimos, vuelve sobre ello: “O bueno, quizá sí”.
