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    Lídia Jorge: «Las crónicas se escriben con los ojos abiertos, la ficción con los ojos cerrados»

    Foto: Vasco Célio
    Alfonso Armada17 de septiembre de 202610 Mins lectura
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    Publishers Weekly España conversa con una de las leyendas de la literatura portuguesa, Premio Camões 2026, sobre lo humano y lo divino, con ochenta años recién cumplidos.

    Nunca le agradeceré bastante al editor Feliciano Novoa haberme presentado a Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946) y estar vertiendo en un español que no traiciona al original libros tan valiosos como Misericordia, El día de los prodigios, La costa de los murmullos o Los memorables. La Umbría y la Solana es una editorial que lima fronteras.

    Leer a la Jorge y quedar rendido a su conocimiento de la condición humana es equivalente a conocerla en carne mortal y caer rendido a su inteligencia y su bondad. A ella le viene que ni pintado lo que escribe Vladimir Nabokov en el prólogo de su brillante novela corta El ojo: «Las fuerzas de la imaginación, que a largo plazo son las fuerzas del bien».

    ¿Por qué se hizo escritora?

    La verdad es que no es fácil de explicar. En parte porque durante mucho tiempo la condición de escritora me parecía un concepto inalcanzable. Ser escritora significaba ser más importante que un filósofo, un santo o un papa. Yo reservaba ese título para Emily Dickinson y Viginia Woolf. Tal vez ese sentimiento pueda explicar, precisamente, por qué me hice escritora. Al final de la adolescencia, cuando el cuerpo no cabe en la casa y el límite es el fin del mundo, subí a un tren que salía de Boliqueime para emprender una gran aventura. Pero pronto me di cuenta de que eso no era suficiente para mí. Empecé a inventar las aventuras de otros para saber mucho más de lo que la vida me proporcionaba. Y ha continuado siendo así hasta hoy.

    ¿El arco que va de El día de los prodigios a Misericordia, qué abarca? ¿Qué dibujo hace en el espacio y en el tiempo?

    Un gran arco transformador. Entre esos dos libros corren unas cuantas décadas, las suficientes para haber pasado de un país rural a uno digital. El primer libro da testimonio de una cultura de la tierra. Al lado de cada persona había un animal de tracción. Ahora, todo el mundo tiene en la mano un teléfono móvil. Fue un salto gigantesco. El repartidor de pizzas en medio del campo aparca en el arcén y dice: «¿Dónde habrá pegamento para la suela de mi zapato? Le voy a preguntar a la IA». En la palma de su mano surgen tiendas en Brasil, Estados Unidos o en Bélgica, e incluso una ahí al lado. La IA le dio la solución. No cambió verdaderamente la civilización, pero sí la mente de las personas y su lugar en el mundo.

    ¿Qué opina de los que piensan que la ficción (la novela) es una pasión adolescente y que a la verdad y al conocimiento de la realidad se llega mejor a través de la no ficción y el ensayo?

    No voy a intentar convencerlos porque ya están convencidos. No saben o no quieren recordar el proverbio hebreo que dice: «¿Qué es más verdadero que la verdad? Una historia». Como es sabido, la literatura no proporciona esa verdad que los detractores de la ficción mencionan. La literatura es un arte que propicia una experiencia. Pregúntenles a los amantes de la música qué tipo de verdad les transmite la Novena Sinfonía. La novela, como la música, nos sumerge en el arrebato de la existencia y no en un conocimiento que podamos descifrar al cien por cien. La literatura no es una demostración, es una vivencia.

    Recientemente confesó que si desapareciera el ser humano (la humanidad) desaparecería la literatura. ¿No sería más bien que si desapareciera la literatura desaparecería el ser humano?

    Reconozco que me equivoqué. Lo que pienso, y creía que siempre lo había dicho así, es que la literatura es un elemento inseparable de la condición humana, desde que en la evolución de los homínidos se llegó al fuego, a la escritura, y a la palabra cantada. No sabemos cómo enhebrar esos elementos que nos llegan juntos en tiempos prehistóricos y que podemos descifrar. La poesía, por cierto, en sus inicios, sería una respuesta contra los animales salvajes en medio de la oscuridad de la noche y, después, una suerte de acción de gracias por la llegada de un nuevo día. La luz y la sombra siempre existirán, ¿no es así? En lo que respecta a la posibilidad de concebir un mundo en el que la ficción haya desaparecido, eso querría decir que ya no habría vida humana. Sería otro tipo de vida.

    ¿Cuánta inquietud, cuánto le quita el sueño la velocidad y la autonomía que parece estar adquiriendo la mal llamada inteligencia artificial?

    La verdad es que ya ha empezado a quitarme el sueño, porque la euforia, como era de esperar, ha empezado a dar paso a lo cómico y lo ridículo. Ha sido noticia que, en China, un robot humanoide, de forma inesperada, le dio un puntapié a una niña de cinco años que presenciaba una demostración y le arrancó cuatro dientes. Parece que eso ocurrió hace casi un año y el litigio entre la empresa de robótica y la familia de la criatura todavía no se ha resuelto. Entre los avances prodigiosos de la IA y las expectativas descontroladas, los ingleses tienen una expresión que sugiere calma: «La hierba volverá a brotar».

    Foto: João Pedro, en la web de la editorial La Umbría y la Solana

    ¿Qué ha descubierto Lídia Jorge sobre sí misma gracias al hecho de ser escritora?

    He descubierto que las palabras por sí solas no sirven de mucho, y eso me ha decepcionado. Pero al mismo tiempo, puedo hacer algo, y eso me llena de inmensa alegría.

    Joan Didion decía que el acto de escribir nos hace tomar más consciencia de todo, ¿pero nos hace más inteligentes?

    Yo no establecería una distinción tan nítida entre conciencia e inteligencia. Creo que una influye en la otra. ¿Acaso la inteligencia de Einstein no contribuyó a que se entendieran los peligros que implicaban las armas nucleares? ¿Y no es la profunda comprensión que Fernando Pessoa demuestra con su definición del concepto de Dios –el hecho de que existimos y que esto no lo es todo– la prueba de una inteligencia enorme? Recuerdo que de niña disfrutaba resolviendo problemas matemáticos relacionados con los grifos. Cuando acertaba con los cálculos creía comprender el movimiento del agua.

    ¿Cómo conviven la novelista con la columnista de periódicos, aparte de necesitarse mutuamente para llamar la atención en el mejor sentido de la palabra?

    Es un movimiento ondulatorio, una inmersión en el presente seguido de una inmersión en la fantasía. Esto corresponde a dos actitudes mentales algo diferentes. En pocas palabras, las crónicas se escriben con los ojos abiertos, la ficción con los ojos cerrados. Pero ambos tipos necesitan de la penumbra.

    ¿Hay algún peligro en la miel de las palabras, el encantamiento de las palabras?

    No hay el menor peligro. Si nos rendimos a ellas, nos conducen a lugares insospechados. A veces, son la puerta de entrada para describir, con veracidad ficticia, el infierno que ni siquiera hemos podido conocer nunca, pero que sabemos que existe. Por supuesto, interpreto la dulzura de las palabras como una metáfora del deseo incontrolable de hablar. Todo escritor es una persona presa de incontinencia verbal, pero que ha de aprender a dominarse.

    Las bestias, como nosotros, se reproducen cada vez menos. Salvo en África. ¿Qué quiere decir eso de nuestro mundo?

    Póngame al día en cuanto a las últimas noticias. ¿Acaso no está creciendo la población mundial? Vi un programa de televisión en el que se mostraba cómo, a nivel global, nacían más y más niños cada minuto, y los ancianos, al mismo tiempo, se resistían a morir. En ese programa, la tierra parecía una maternidad incontrolable. Claro, sirvió para criticar a los europeos que no tienen hijos. Tienen razón. Somos nosotros, los occidentales, quienes nos hemos vuelto vorazmente polígamos de forma simultánea. Lo que se llama volatilidad romántica. Por eso no hay manera de que el joven adulto desee ver el rostro de su pareja en un futuro hijo, ese milagro de la concepción. Criar a un hijo requiere continuidad, compromiso. Esa línea de confianza se ha roto.

    «Me arden los ojos por los pensamientos», se lee en su primera novela. ¿Le pasa a un personaje o también a la autora?

    Los ojos de la autora también arden bajo la influencia de ciertos pensamientos. Si las teclas de mi ordenador no son capaces de transmitir esta sensación ardiente entonces ya no merezco ser llamada escritora.

    ¿Qué nos sigue diciendo abril hoy? ¿Cómo pudo ocurrir algo como la revolución de los claveles en este mundo nuestro?

    Abril de 1974 en Portugal sigue demostrando a nuestros contemporáneos que el determinismo histórico no existe. Que el destino no existe. Pero hoy todo se ha vuelto más complejo. Ya Gil Scott-Heron cantaba en el año 1971 que «la revolución no será televisada». Y ni siquiera imaginaba el poder latente del teléfono móvil, mucho menos el poder fascinante de la IA. Aun así, el destino de las muchedumbres serviles no está escrito. Pensando en lo que fue abril, deberíamos proclamarlo a los cuatro vientos.

    Un novelista mexicano tituló uno de sus libros Señales que precedieron al fin del mundo. ¿Forma parte de nuestra naturaleza narcisista pensar que lo que ahora vivimos sí son señales del Apocalipsis, o es una forma de caer en el pesimismo antropológico y la renuncia a la lucha y a la esperanza porque el mal lleva las de ganar?

    El pesimismo antropológico es una forma justificada de economía del esfuerzo. Resulta placentero mantener ese vínculo con el nihilismo, y desde un punto de vista creativo evoca de forma apasionada lo que decíamos de la dulzura de las palabras. Además, hoy en día hay motivos de sobra para temer el desastre, por lo que es natural que toda una industria artística se desarrolle en torno al Apocalipsis. Pero yo lo interpreto principalmente como el gran oxímoron: ese gesto literario que describe algo para reivindicar su opuesto.

    Libros como Archipiélago Gulag cambiaron un mundo y la percepción de un mundo. ¿Confía en que la literatura todavía posee ese poder?

    Sí, confío en ello. Pensemos en La insoportable levedad del ser y en toda la primera parte de la obra de Milan Kundera. Es imposible no relacionarla con el anhelo de libertad en los países de Europa del Este en la década de 1980 y la disolución de la Unión Soviética. Muchas de las preguntas que nos hacemos hoy sobre lo que sucede en Ucrania pueden responderse a la luz de libros como El libro de la risa y el olvido, por mencionar solo un ejemplo de evidencia irrefutable.

    ¿Le teme a la muerte?

    Si morir significara permanecer inmóvil mientras vemos cómo transcurre la vida de los demás y cómo cambia el mundo no me importaría morir. Pero parece que es como si uno se adentrara en la oscuridad, como cuando te anestesian y dejas de ser consciente de todo. Por lo tanto, preferiría no morir.

    ¿Necesita creer en Dios para darle sentido a la existencia?

    Para mí, personalmente, vivir entre otros ya es un sentido suficiente, pero imaginar que la humanidad es una creación sin dueño me parece demasiado trágico. Mi vida no vale nada, y es una pretensión excesiva, pero la daría para que Dios existiera.

    ¿Comparte la sospecha de que la mayor habilidad del diablo es hacernos creer que no existe?

    Eso no es más que un golpe de humor. El diablo no existe. El diablo representa nuestra propia imperfección, o simplemente los descuidos de Dios, si es que existe.

    ¿Quién es Lídia Jorge?

    Como todas las personas, un misterio inacabado.

    lídia jorge
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