Con lucidez deslumbrante y siempre en movimiento, Claire-Louise Bennett (Wiltshire, Inglaterra, 1980) ha hecho de su escritura un ejercicio de observación del orden cósmico en lo cotidiano. Hemos conversado con ella acerca de su última novela, Besos, chao (Malas Tierras, 2026).
1/ Besos, chao presenta a una protagonista en transición, mudándose entre espacios habitacionales y momentos afectivos. ¿Estás familiarizada con esta situación?
Mucho, como tanta gente hoy en día. Nunca he tenido un sitio estable donde vivir ni he buscado una relación convencional. Es un tipo de vida que tiene sus dificultades, pero esta precariedad también es un modo muy estimulante de estar en el mundo. No me gusta limitarme a plantillas prefabricadas para vivir, amar o escribir. Las estructuras rígidas no me sientan bien en general. La psicóloga Marion Milner escribió un libro muy interesante, Una vida propia, que explica la importancia de atender a nuestras idiosincrasias e inclinaciones para llevar una existencia más nutritiva y satisfactoria, pero también intento no acomodarme demasiado en mis esquemas mentales.
2/ Tu narradora ha tenido varias parejas tóxicas, pero no se contempla a sí misma como víctima.
Si alguien no me trata bien es esa persona la que tiene que vivir con ello, no yo. No digo que sea inmune al dolor, pero me niego a ser definida por el mal comportamiento de otras personas. Sus cagadas no deberían ser mi problema, son ellas las que tienen que soportar el peso de sus acciones. El libro no pretende analizar o juzgar las elecciones románticas de la narradora, ni el comportamiento o los deseos de nadie. Su relación más importante en el libro es con un hombre de más de setenta años, pero no ofrezco mucho contexto sobre cómo se conocieron ni hago una interpretación política de esta diferencia de edad. Quiero contar la propia experiencia y sus secuelas, cómo es apartarse de alguien que una vez te atrajo, encontrar una forma de transmitir el misterio del deseo.
3/ Abordas la cuestión de la presencia a través del recuerdo. ¿Es escribir una forma de asegurar tu permanencia?
La verdad es que no. De hecho, antes detestaba la idea de existir en la mente de los demás. Después de estar con alguien, me obsesionaba con las cosas que había dicho y lo que estarían pensando de mí. Con el tiempo me di cuenta de que la gente no piensa mucho en una y aprendí a no darle importancia. Paradójicamente, escribir me parece una forma de desaparecer. Hace unos años tuve acceso a los archivos de Samuel Beckett: decía que nada de lo que recordamos puede ser comprobado, pero debemos vivir con cierta ilusión de certeza a pesar de que el sustrato de nuestros recuerdos es insondable e imposible de expresar.
4/ Tu narradora vuelve una y otra vez sobre el concepto viriditas de Hildegard von Bingen. ¿Cómo resuena en ti esta idea de verdor?
Esto viene del COVID y el confinamiento, de aquella imposibilidad de tocar las cosas y a otras personas. La realidad se volvió gris. Me siento muy atraída por el misticismo y, en aquel contexto, leer a la abadesa Von Bingen me dio una perspectiva diferente y cautivadora: la posibilidad de la regeneración, el poder que tienen las cosas de sanar y reverdecer. Mantenerse en movimiento para que la realidad sea dinámica y fresca, toda esta frondosidad se hace posible en la escritura.
5/ La más fácil para el final: ¿qué buscas como lectora?
¡A mí me parece la más complicada! (se ríe). Me interesan los escritores que no se toman lo convencional como norma y van más allá de lo evidente, tanto en los temas como en la forma de usar el lenguaje. He estado leyendo mucho a la poeta danesa Inger Christensen, su técnica y discurso me parecen apasionantes. Da mucha importancia a la observación de patrones y correspondencias en la naturaleza, cómo las matemáticas y la geometría están presentes tanto en la vida cotidiana como en el orden cósmico. «Como es arriba, es abajo», esa es una idea que me intriga profundamente.
