Aquí hay leones #1. Libros encontrados fuera de nuestros mapas. Sobre AVA, de Carole Maso (Dalkey Archive Press, EE.UU., 1993).
“¿Te gustaría tener una memoria perfecta?”. La única respuesta sensata es no. Como lectora devota de Borges, Carole Maso (Paterson, Nueva Jersey, 1956) sabe que el maestro argentino adelantó las complicaciones de esta hipotética hipertrofia cognitiva. Nadie querría para sí el final de Ireneo Funes y, por tanto, la pregunta que se plantea en las páginas de AVA tiene que ser retórica. La imperfección del órgano del recuerdo tiene ventajas, entre ellas facilitarnos la convivencia con sus proyecciones, que lejos de ser cosa del pasado son simultáneas a la existencia cotidiana. Como un novelista, la memoria sustituye y a menudo aniquila su material de referencia, pero al contrario que este no suele caer en la tentación de atar todos los cabos, ni en el vicio de la cronología. Imitando estos mecanismos falibles con las herramientas del lenguaje, Maso inventa un dispositivo literario singular —fragmentario, volátil, esponjado de una subjetividad que no se arruga ante sus contradicciones—, un ánodo de sacrificio para hacer más llevadero “el drama de explicarse el mundo a una misma”.
Ava Klein, judía estadounidense, profesora de literatura comparada, piscis, considerada “un pájaro singular” por sus acólitos y “una persona entregada al placer” por su autora, se está muriendo en una cama de hospital. Durante sus últimas horas recuerda (solo Funes tiene derecho a pronunciar ese verbo sagrado) la caricia del sol tibio, el salitre del Mediterráneo, vinos trascendentales y viandas poderosas —trufas, caracoles, nougat, cordero—, libros y sinfonías, sexo improvisado en lugares insólitos, con cuerpos distintos que se mezclan en la corriente obstinada de lo evocado. El mantra “verde que te quiero verde”, un sortilegio de floración, se repite una y otra vez en este texto vital y minuciosamente facetado, entre movimientos lentos de Schubert, afiches de Fellini y plegarias a los altos poderes de Safo, Woolf o Bachmann. Aquí, Beckett aprende por fin a volar. Ava ve a los artistas como guardianes del sentido, alambiques vivientes, y persigue su rastro por Nueva York, Praga o Granada (“para montar el caballo azul de la locura de Lorca”). El Kublai Khan de Italo Calvino dijo que “la ciudad que describes no existe”, pero el corazón de Ava Klein sí, y es insaciable.
Algunas violencias selectas perturban este festival de epicureísmo primermundista: balas perdidas en los malos barrios, la invasión de Kuwait por los iraquíes, los muertos de
Tiananmén. Los dolorosos versos de Celan y la palabra Treblinka, recursiva y tintineante, sugieren un hachazo profundo en el árbol familiar de Ava, razón de más para que apure la copa ofrecida y frágil de la existencia. T. Fleischmann dice que el tiempo es esa cosa a través de la que se mueve el cuerpo: en el proceso de explorar las frondosas ramificaciones del lenguaje y el deseo, Ava no deja de preguntarse por la naturaleza del cada vez más escaso fluido en el que nada como los peces de su signo astrológico, extática, como si fuera a alguna parte.
En su sincronicidad panteísta, la memoria “[canta] las infinitas variaciones de [sus] motivos”. Entrar en este texto requiere una complicidad especial (“el poema exige la muerte del poeta que lo escribe y el nacimiento del poeta que lo lee”) y el premio a esta pequeña audacia es una fábula existencial rica en epifanías, transida de sentimientos grandes y fáciles de descifrar. No parece que estemos leyendo la vida de otro, sino dando su forma final a la propia en una duermevela dulce, antes del último sueño. Un simulacro conmovedor de nuestro destino: “Llena mis ojos de imágenes que permanezcan”.
Maso dijo en una entrevista, allá por el cambio de milenio, que “la forma literaria, y no el tema a tratar, es el gran tabú”. Sigue siendo así: la presencia de AVA en nuestras librerías sería más pertinente que nunca por su subtexto feminista y queer, por su contribución a la creación en curso de ese lenguaje literario activo y propio de la mujer del que hablaba Hélène Cixous, pero es su audacia formal, aparentemente, lo que obstaculiza su publicación en España. Sin embargo, se nos ha considerado maduros para Autobiografía de Rojo, La amante de Wittgenstein o Física de la tristeza, todas novelas con interrogante, sin nicho editorial donde caerse muertas. El admirable sello Dalkey Archive lanzará en julio de 2026 la primera reedición de AVA en casi 25 años: buena ocasión para autorregalarnos nuestro primer título de una escritora temeraria, clarividente y convencida de que “amar con todas nuestras fuerzas es la mejor defensa”.
