El autor argentino se sumergió el año pasado en uno de los episodios más traumáticos de la historia de su país a través de dos novelas: Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros.
Los jugadores de la selección argentina de fútbol (no los que en el Mundial de 2026 han enseñado una pancarta, sino los que en la previa del Mundial de 1982 recaudaban fondos para los soldados: Maradona, Ardiles, Kempes, Passarella y compañía) se enteraron de la realidad de la Guerra de las Malvinas cuando aterrizaron en España, sede del torneo. Hasta entonces habían vivido en la misma burbuja, en la misma borrachera bélica en la que vivían el resto de compatriotas.
Desde que Argentina tomó las islas Malvinas hasta que el Reino Unido las recuperó pasaron tan solo 74 días. Eduardo Sacheri ha dedicado algunos años a plasmar en ficción un sentimiento común que todavía desgarra a su pueblo. Le hicieron falta dos libros: uno desde el punto de vista de la capital de país (Demasiado lejos) y otro desde el campo de batalla en las islas (Qué quedará de nosotros). Alfaguara los publicó el año pasado.
Esta es una conversación que comienza con el No bombardeen Buenos Aires, de Charly García, y termina hablando de cine (Los chicos de la guerra; Iluminados por el fuego). Falta ficción, se lamenta el autor (profesor, también), que analice desde otro ángulo lo que es posiblemente la cicatriz más visible de un país que las colecciona.
P. Toda guerra es una derrota para la humanidad, y algunas son más evitables que otras. Hay casos que son totalmente absurdos. ¿Malvinas pudo ser una de esas guerras evitables?
R. Juzgamos los hechos por cómo concluyan. El 2 de abril Argentina no imagina que esté empezando una guerra. No lo imagina el Gobierno ni lo imagina la sociedad. Los militares argentinos, sin duda, desembarcan en las Malvinas como una manera de ganar capital político, eso es indiscutible, pero no sienten que el tablero es el de una guerra. Parten de un doble supuesto que termina siendo fatal. Por un lado, piensan que, como Reagan y Estados Unidos (aliados de Gran Bretaña) también son cercanos a Galtieri, de la Junta Militar, porque Galtieri está apoyando su política centroamericana, van a intentar poner paños fríos en el conflicto. Y aciertan. De hecho, Reagan mandan mediadores para intentar negociar. En lo que erran escandalosamente es en la reacción de Thatcher. Imaginan que una Thatcher sitiada por conflictos sindicales y por la oposición social a sus medidas liberales no va a tener tiempo ni energía para oponerse militarmente. El garrafal error es no entender que Thatcher va a hacer lo mismo que ellos: ver en Malvinas la gran oportunidad de conseguir oxígeno político. Lo que siembran los militares argentinos, lo cosecha Thatcher, que se queda otros ocho años gobernando. Sin duda era una guerra evitable.
P. Al principio de todo estuvo la desinformación. ¿Qué importancia tuvo, en todo lo que sucedió, estar absolutamente perdido sobre lo que estaba pasando y sobre lo que podía llegar a pasar? En medio de un régimen militar, además.
R. Para empezar, era otro mundo. En Argentina vos tenías cuatro canales de televisión, una decena de radios, todas en manos del gobierno militar. Luego tenías los periódicos y las revistas, que sí eran empresas privadas. Es cierto que durante la guerra se construye una narrativa absolutamente ilusoria que mantiene a la sociedad totalmente ajena a lo que realmente estaba pasando. Me permitiría agregar que en esa desinformación la sociedad argentina también tuvo un papel activo, en el sentido de que, cuando uno revisa las ventas de las revistas y las tiradas de los medios, los más triunfalistas son los que más venden durante la guerra. Es decir, sin duda hay un régimen militar dispuesto a tergiversar la verdad, pero también hubo una sociedad dispuesta a creérselo, con muchas ganas de recibir buenas noticias y alimentar su entusiasmo hasta el final. Por eso es tan abrupto el desengaño. El día de la rendición, la primera sensación es la absoluta incredulidad, y la segunda es la indignación. Pero no la indignación con que les hayan mentido, sino con que se hayan rendido, que no es lo mismo. Es aún peor.
P. ¿No había ninguna manifestación pacifista?
R. No. Hubo personas que, a título individual, y te diría que casi en secreto, se permitían no acompañar el entusiasmo bélico, pero no aparecían públicamente. Existía el riesgo de que te dijeran traidor, vendepatria y cobarde. Tengamos en cuenta también que fue muy breve. No sé qué hubiera sucedido con un año de guerra o dos años de guerra. En ese vértigo te diría que hasta hubiera sido mal visto. El único líder político que se manifiesta claramente en contra del desembarco argentino es Raúl Alfonsín, el que luego será el primer presidente civil. Es el que dice que esto es una maniobra de los militares para distraer a la sociedad. Yo me recuerdo a mis catorce años diciendo qué raro, ¿por qué dice esto? En el momento no cosechó popularidad precisamente. Después, resultó profético y sensato lo que había dicho.
P. El significado de patria parece ser diferente en Argentina y en España, por ejemplo. Las banderas, las pulseras. Las situaciones fueron diferentes, en España hubo una guerra civil.
R. Yo me permitiría ampliarlo por lo menos a Suramérica, o a América Latina en general. Nuestros nacionalismos tienen un par de características muy diferentes. La primera es que son muy territoriales, porque culturalmente no hay tan grandes diferencias entre argentinos, chilenos, bolivianos, paraguayos, mexicanos. Y son países nuevos comparativamente. Son nacionalismos donde el nosotros es más sencillo, y el ellos también. En el caso de Malvinas eso es muy claro: los británicos son unos desconocidos que viven en la otra punta del planeta. Hay más para ganar en los nacionalismos latinoamericanos, en esta cosa positiva de un nosotros aglutinante. Es todo ganancia, hasta que pierdes una guerra.
P. Hablabas antes de una narrativa absolutamente ilusoria. De una inocencia supina, como lo que contaba Chaves Nogales en Madrid de los que disparaban al cielo desde los tejados cuando escuchaban aviones. ¿Hubo también un poquito de esto en Malvinas? Porque después del desembarco argentino, cuando llegaron los ingleses, llegaron con todo, como era previsible. Pero aún así había esperanza en los argentinos, ¿de que no llegaran, de que les diera igual?
R. O de que les resultara muy difícil desembarcar, con ese principio que dice que militarmente es más fácil defender un territorio que desembarcar en él. Pero, claro, eran solo principios teóricos que aprendimos de un día para otro, porque la última guerra internacional de la Argentina era de la década de 1860, contra Paraguay.
P. Has dicho alguna vez que Malvinas, para Argentina, la mayor parte del tiempo fue esperar. Y los chicos pasando frío.
R. Es que iba avanzando el otoño nuestro. Algo que empieza en abril y que termina en junio, para nosotros es el invierno: los días cada vez más cortos, empieza a caer nieve, vientos huracanados.
P. Eres de la opinión de que la guerra de Malvinas, tan inmersa en las entrañas de los argentinos, no tiene suficiente representación en la ficción. ¿Eso fue un motor para ti?
R. ¿Por qué no hablamos de la guerra de las Malvinas? Porque es incómodo. Y lo incómodo es cómo nos comportamos socialmente frente a la guerra. La guerra contó con un apoyo explícito, masivo, callejero, multitudinario, simbólico, a sabiendas de que se estaba apoyando un gobierno militar, seis años después del inicio del régimen. Las violaciones a los derechos humanos ya eran un secreto a voces, la crisis económica ya era palpable, los reclamos por un retorno del sistema electoral eran visibles. No es la dictadura del 76 la que toma Malvinas; es la dictadura del 82. Y aún así las mayorías argentinas, dicen un momento, todos nuestros conflictos en pausa. La magia de la nación es esa: nosotros contra ellos. El proyectar el enemigo hacia afuera, funciona.
P. Es interesante la doble visión que ofrecen los dos libros. Desde luego, en las trincheras, pero antes, desde la lejanía de la Capital Federal. Por eso lo del sarcasmo de Charly, que si quieren puede hasta escuchar la BBC, pero que por favor “no bombardeen Barrio Norte”. Esa posibilidad y ese debate realmente existían.
R. Fíjate que cuando Galtieri recibe la noticia de la rendición, el 14 de junio, le pregunta a su canciller qué término geográfico abarca la rendición, si eso implica algo para el territorio argentino.
P. ¿Por si había que entregar también el barrio de La Boca?
R. Por ejemplo. O sea, ¿qué implica haber perdido la guerra? Es muy fuerte…
P. Siempre se dijo, aunque parece más bien una leyenda, que después de la guerra se suicidaron casi más soldados de los que murieron en las islas.
R. Se dice. Yo no tengo datos certeros. Sé que hubo un montón de suicidios. Cincuenta son un montón. Trescientos son un montón.
P. El trauma, en todo caso, es gigantesco, como en todas las guerras, y con chavales que estaban en plena formación.
R. Y con una sociedad que no tenía ganas de verlos ni de escucharlos. Súmale eso. Invisibilidad total. Eso patologizó aún más ese regreso. Hoy en día es diferente, pero fue un proceso gradual.
