Las investigaciones de la editorial Kalandraka en los archivos de la Fundación Menéndez Pidal (12 romances y A la sombra de un romance. Vida de María Goyri) ayudan a preservar y difundir la cultura popular.
La labor de difusión de la cultura popular, para no permitir que se convierta en un animal en peligro de extinción, o ya desaparecido, ha de contar con actuaciones a muy diferentes niveles. Las instituciones públicas deben cuidar de estas manifestaciones culturales, ya que son de todos y forman la personalidad de un pueblo, y también hay que afrontar su propagación tanto en las aulas como en las calles.
Siguiendo esta fórmula de trabajo, y coincidiendo con las conmemoraciones del pasado Día del Libro, una de las sesiones de la Feria del Libro del madrileño distrito de Chamartín se centró en el romancero español, con la Fundación Ramón Menéndez Pidal y la editorial Kalandraka como interlocutores. Su colaboración ha dado lugar en los últimos tiempos a un par de valiosos artefactos literarios.
En el escenario del parque de Berlín, el domingo 26 de abril, se comenzó a escuchar pasado el mediodía el cántico de la filóloga Alba Tejada, doctoranda que investiga en la Fundación Ramón Menéndez Pidal. Entonaba romances, vestigios de la tradición oral, igual que poco después los recitaría Francisco Montes, amigo y colaborador de la Fundación. Los acompañaban en la mesa redonda Jesús Antonio Cid, presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, y Elena Gallego, directora del archivo pedagógico de la institución. Como grandes protagonistas de la charla, dos de los libros editados por Kalandraka recientemente: 12 romances, con ilustraciones de Fernando Vicente, y A la sombra de un romance. Vida de María Goyri, de Alejandro Pedregosa, con ilustraciones de Concha Pasamar.
Se trata de estudiar la literatura desde la raíz en los centros educativos, en un delicado y minucioso trabajo de difusión del romancero español entre el público más joven. Y en esa raíz subyace el amor, porque un viaje de novios por los pueblos de las rutas del Cid fue el comienzo de todo: en el arranque de su idilio, Ramón Menéndez Pidal y María Goyri descubrieron a una lavandera cantando un romance, quedando ambos automáticamente prendados del espectáculo, rutinario y a la vez magnífico. Quisieron saber más, por supuesto.
Su afán investigador los llevó, con el tiempo, a tejer una red de corresponsales por toda España, primero, y América Latina, después (también en toda la diáspora judía de los sefardíes que salieron de nuestro país) para completar la recopilación del romancero español.
El resultado es un archivo único en el mundo, Patrimonio de la Humanidad, trabajo de toda una vida de la ilustre pareja y de su nieto, Diego Catalán. “Descubrieron que los romances estaban vivos e iban mutando, iban evolucionando”, cuenta Isabel García Muñoz, responsable de comunicación de la Fundación Ramón Menéndez Pidal: “No se cantaba igual en la isla del Hierro que en Galicia”.
Es en ese archivo donde se sumergió la editorial Kalandraka, acompañados por Elena Gallego, que hizo las veces de guía. Junto a ella recolectaron y seleccionaron textos. Paz Castro, desde Kalandraka, se maravilla de las joyas de la tradición oral que recopilaron Goyri y Menéndez Pidal: “Si no hubiera sido por su trabajo de campo inmenso e inconmensurable, no habrían llegado hasta nuestros días”.
Valoran mucho también el proceso de musicalización por el que pasaron las obras a lo largo de las décadas. Resaltan, por encima de todo, “la aportación de la Fundación Joaquín Díaz y músicos como Amancio Prada y Paco Ibáñez para la difusión de estos romances a partir de las melodías que compusieron para interpretarlos”. Con estas musicalizaciones el romancero siguió mutando para sobrevivir.
Reconocen desde Kalandraka que la serie de libros ilustrados que dentro del catálogo de la editorial muestra lo esencial de la literatura contemporánea, lo que todo chaval o chavala de primaria y secundaria tiene que conocer para su formación, necesitaba un comienzo, un punto de partida. Eso es exactamente lo que es una obra como “12 romances”. Antes habían publicado a los que seguramente “han mamado de esta literatura oral”, pero faltaba inmortalizar aquellos cánticos remotos de las lavanderas.
