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    La libertad incómoda de Luisgé Martín

    Foto: Gonza Gallego
    Daniel Jiménez16 de octubre de 20269 Mins lectura
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    Desde el odio (publicado por Altamarea) es un ensayo riguroso escrito desde el lugar en el que fue colocado su autor tras una de las polémicas «literarias» más enconadas de los últimos años.

    Uno no escribe un libro sobre el mundo, razonaba Juan José Saer; escribe desde un lugar del mundo, un espacio concreto que termina convirtiéndose en su particular paradigma del mundo. Eso es lo que ha hecho el escritor Luisgé Martín al escribir su nuevo libro: oponer dos (o más) formas de estar en el mundo y posicionarse contra ellas. Desde el odio (recién publicado por la editorial Altamarea) es un ensayo riguroso escrito desde el lugar en el que fue colocado su autor a raíz de una de las polémicas «literarias» más enconadas de los últimos años. Desde Publishers Weekly nos hemos acercado a ese lugar que habita ahora Luisgé Martín, y en el que resulta muy difícil adentrarse sin sentir el ruido de fondo y la presión circundante.

    La causa remota

    Luisgé Martín, autor de relatos, novelas y ensayos donde no se rehúye lo turbio y lo oscuro, estuvo varios años pergeñando un libro sobre lo que para él era el peor de los crímenes: matar a tus hijos. El motor de su interés, relata, no era la violencia machista o vicaria, sino lo que él llamaba el suicidio genético. Cuando consiguió entrar en contacto con José Bretón, condenado por asesinar en 2011 a sus hijos Ruth y José, de seis y dos años, Martín empezó a componer el libro. Intercambió con el asesino decenas de cartas y conversaciones telefónicas, y hasta llegó a visitarlo en prisión. El resultado fue El odio, una obra que iba a publicarse en Anagrama el 26 de marzo de 2025.

    Dos semanas antes de su llegada prevista a las librerías, se publicó un adelanto del texto en El Confidencial. Ruth Ortiz, la madre de los niños asesinados, se enteró por los medios de la existencia del libro. Luisgé Martín nunca se puso en contacto con ella para avisarle del proyecto que tenía entre manos. Él asegura que no lo hizo porque no le parecía necesario para su libro y porque, además, no quería causarle más dolor. Sucedió lo contrario. El caso pasó a ocupar cada vez más espacio en televisión, prensa y radio, pero sobre todo en las redes sociales, por donde empezaron a circular ataques contra el libro y contra su autor. Muchos de ellos, asegura Martín, se basaban en mentiras sobre el propósito del libro (le acusaban de querer hacerse rico con el sufrimiento de otras personas) y en falsedades sobre el verdadero autor (se difundieron bulos como que José Bretón había escrito el libro o que iba a cobrar por la venta de ejemplares).

    Martín revela en Desde el odio el lugar desde el que escribió El odio. «Lo escribí creyéndome libre de instruir a nadie, convencido de que no hacía falta recordar que Bretón era, antes que nada, un asesino brutal». Su intención, sostiene, no era ejercer de juez, periodista, psiquiatra o educador social, sino utilizar «las pobres armas de un escritor» para aproximarse al mal absoluto desde la literatura; para conocer al monstruo y poder constatar o refutar su discutida humanidad.

    La lista de autores que con mayor o menor talento literario basaron sus obras en una premisa similar es larga. Los que se han traído más veces a colación han sido Capote y Carrère. Tanto A sangre fría como El adversario son dos libros de no ficción cuyos autores reconstruyen minuciosamente los crímenes que cometieron los asesinos a los que ambos autores trataron, entrevistaron y hasta fueron acusados de querer exculparlos. En cambio, El odio, asegura Martín, no se recreaba en el crimen ni exculpaba al asesino. De hecho, sigue diciendo, cuando José Bretón leyó el manuscrito que le envió, se enfadó muchísimo por la forma en la que había quedado retratado. Para Martín, todavía es válida la postura de Juan Benet, quien defendía que la literatura posee «su propia moral», y que ésta no tiene necesariamente que coincidir con el deber social impuesto por cada momento histórico.

    La interrupción

    «Intentar comprender a Bretón no equivalía a justificarlo, como tampoco invalidaba ni ponía en duda la condición de víctima de Ortiz —razona ahora Martín—. Aun así, ya lo he hecho en otros medios y lo volveré a hacer aquí: le pido perdón públicamente a Ruth Ortiz». Para él, las cadenas de televisión y los periódicos que volvieron a informar día y noche sobre el caso Bretón tienen más culpa que él en la revictimización de Ortiz. Tras conocerse el adelanto de El odio, Ruth Ortiz trató de frenar su publicación y la Fiscalía de Menores solicitó medidas cautelares. El 24 de marzo, un juzgado de Barcelona rechazó paralizar el libro. La Fiscalía recurrió, pero el 9 de abril la Audiencia Provincial rechazó de nuevo paralizar cautelarmente la publicación.

    Durante esas semanas, Anagrama emitió cuatro comunicados en los que pasó de defender su derecho a publicar El odio (comparándolo además con esas obras de Capote y de Carrère que estaban publicadas en su propio catálogo) a desvincularse públicamente del autor y suspender voluntariamente la distribución de los libros. Finalmente, el 16 de abril, Anagrama extinguió el contrato de edición y devolvió los derechos a Luisgé Martín. Ningún tribunal había prohibido la publicación de El odio.

    En Desde el odio se reproduce un artículo publicado por Marina Perezagua en Jot Down que explicita: «La censura convierte a las sociedades en comunidades sin músculo crítico, incapaces de distinguir entre la denuncia y la celebración, entre el análisis y la apología. ¿Desde cuándo leer sobre un asesino convierte al lector en defensor del asesino? ¿No es más bien la ignorancia lo que nos desarma frente al mal?»

    «Lo que pasó con El odio no puede volver a pasar con ningún libro —afirma Martín—. La retirada del libro de la circulación afecta a los fundamentos del debate público y de la creación artística». Admite que en un principio se resistió a convertirse en el defensor público de la libertad de creación. Le parecía que hacerlo equivalía a disculparse por «haber hecho una barbaridad». Ahora se muestra más proclive a hacerlo, casi cómodo en ese papel mesiánico. «Lo intenten llamar como lo intenten llamar, lo que pasó con El odio es censura».

    Luisgé Martín (Madrid, 1962) publicó sus primeras obras a finales de los años ochenta. Foto: Gonza Gallego
    Luisgé Martín (Madrid, 1962) publicó sus primeras obras a finales de los años ochenta. Foto: Gonza Gallego

    La jauría

    Elias Canetti estudió un fenómeno implacable en Masa y poder: la masa dota al individuo de una fuerza de la que carece por separado y encuentra uno de sus mayores alivios al identificar un enemigo común. A pesar de que solo habían circulado unos pocos ejemplares de prensa de El odio entre periodistas y escritores, el odio, el de verdad, se extendió rápidamente por las redes sociales concentrándose en la figura de Martín. Le acusaban de dar voz a Bretón, de explotar el sufrimiento de Ruth Ortiz para vender más o de carecer de empatía hacia ella. Antes que su libro, recuerda Martín, se había publicado al menos otra obra sobre Bretón, se había grabado un documental e incluso había una canción de pésimo gusto sobre el crimen. Ninguno de ellos causó una reacción semejante.

    Martín denomina a aquel fenómeno «la jauría». Insultos homófobos, agravios, amenazas y deseos de que se muriera inundaban las redes a diario. Si no hubiera sido por su marido y por sus amigos; si la industria farmacéutica no le hubiera tendido la mano cuando la industria editorial le daba la espalda, le habría costado muchísimo remontar. «Menos mal —asegura— que muchos escritores y periodistas que, en pleno linchamiento no se atrevieron a alzar la voz en público, en privado me mostraron todo su apoyo y comprensión». Pasado el tiempo, Martín no se lamenta por haber sufrido un linchamiento, o no solo por eso, sino más bien porque el libro fuera retirado por la presión de la jauría, sin haberle concedido la posibilidad de «defenderse solo».

    El diagnóstico

    Este caso revela una hipocresía estructural, defiende Martín: «Vivimos en una sociedad que convierte crímenes atroces en productos de entretenimiento masivo que reproducen imágenes, nombres y detalles escabrosos durante horas de televisión, pero que, al mismo tiempo, establece límites morales distintos cuando esos mismos materiales llegan a la literatura». En las páginas de Desde el odio, precedidas y avaladas por un prólogo de Sara Mesa, Martín elabora un diagnóstico poco halagador del mundo en que vivimos. Para él, los verdaderos males de nuestra sociedad son cinco: la necesidad de odiar, la degradación del debate público, la hipocresía, la mentira y el puritanismo.

    Hoy en día, El odio continúa inédito. Luisgé reconoce que no volvería a escribirlo, tanto por el daño causado a Ruth Ortiz como por el que le causó a sí mismo, pero sigue defendiendo la legitimidad del proyecto. Insiste en que ha escrito Desde el odio porque necesitaba responder. No se trata solo de ajustar cuentas. «Me conformaría con que este libro pudiera servir para alertar a los indiferentes de la necesidad de combatir, de no quedarse callado ni estar del lado de la jauría» ¿Has aprendido algo de todo esto?, le preguntamos a bocajarro. Nada, responde. «En todo caso —añade—, ha sido un aprendizaje negativo: más miedo, más cautela, más ansiedad».

    En la última página, Martín afirma: «No voy a cambiar el mundo, por supuesto, pero quiero que el mundo —este mundo fanático y oscuro— no me cambie a mí». Antes de terminar la entrevista le preguntamos si volverá a escribir sobre (y desde) las profundidades. Responde: «Por supuesto». El próximo año publicará dos libros en Galaxia Gutenberg, y en uno de ellos vuelve a internarse de lleno en un espinoso asunto político. A pesar de todo lo ocurrido, Luisgé Martín dice haber mantenido una convicción intacta: «Solo merece la pena la literatura que se adentra en lo oscuro, la que se mete en el barro, la que más nos perturba».

    Restringir el discurso (político, social, artístico) porque perturba es consagrar el derecho a no ser perturbado, nos dice Marina Perezagua, y eso no figura en ninguna constitución democrática. «Lo que sí figura —insiste— es la garantía de poder decir, escribir, representar y leer lo que desafía el consenso, lo que escuece. Y la literatura es uno de los últimos bastiones de esa libertad incómoda».

    altamarea desde el odio luisgé martín
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