El 14 de junio de 1986 moría en Ginebra Jorge Luis Borges, uno de los escritores más relevantes en lengua española. Cuatro décadas después, sus libros y su figura vuelven a ser motivo de portada.
La anécdota es de sobra conocida, pero no por ello menos curiosa. El mismo Borges que ahora es un autor canónico, cuyas obras están traducidas a más de veinticinco idiomas, publicó por su cuenta Fervor de Buenos Aires, que fue su primer libro de poemas. Su padre pagó la impresión de 300 ejemplares, que Borges repartió generosamente entre sus amigos hasta agotar la edición. Muchos años después, frente a un entrevistador, Borges contó con asombro otro de los éxitos de sus comienzos: su ensayo Historia de la eternidad había logrado vender treinta y siete ejemplares en un año. Al rememorarlo durante la entrevista, Borges se acordó también de las ganas que tuvo de agradecer personalmente a cada comprador “o presentarle mis excusas”. Cuesta creerlo, pero antes del Borges universal hubo un Borges inédito y otro, casi eufórico, ante solo treinta y siete lectores.
A principios de año, Alfaguara comenzó a publicar la obra del escritor argentino en tres volúmenes: Cuentos completos, Ensayos completos y Poesía completa. En junio, la editorial puso a la venta cuatro títulos más: El Aleph, El informe de Brodie, El tango y Conferencias reunidas 1960-1985. Las publicaciones continuarán en noviembre y seguirán el año próximo y los siguientes, hasta completar la recuperación íntegra de su vasta obra.
Esta nueva etapa editorial llega después de un periodo de incertidumbre en torno a su legado. María Kodama, viuda de Borges y administradora de sus derechos durante décadas, murió en 2023 sin dejar testamento. Por espacio de unas pocas semanas, existió la posibilidad de que la herencia quedara vacante. Finalmente, la justicia argentina reconoció como herederos a cinco sobrinos de Kodama, los cuales figuran como titulares de los derechos de autor de estas nuevas ediciones. Lo cierto es que la obra de Borges volverá simultáneamente a las librerías de España y Latinoamérica de la mano de Alfaguara, con la salvedad de Argentina, donde los libros de Borges seguirán apareciendo en la editorial Sudamericana.
Reeditar a Borges a estas alturas del siglo XXI, además de un feliz retorno, también es una restitución. Para muchos jóvenes lectores, Borges se había convertido en un nombre seguido de dos fechas entre paréntesis: una entrada más en un polvoriento diccionario de literatura. Como si sus metáforas sobre dobles y espejos, sobre laberintos y bibliotecas infinitas, así como algunas citas demasiado repetidas (muchas de ellas apócrifas), hubieran fosilizado el conjunto de su magna obra. Frente a ese Borges inmóvil, pobremente asimilado y mal transmitido, editarlo ahora supone devolverle algo más importante que la mera actualidad: la posibilidad de ser leído como si nos acabara de llegar.
Decididamente monótono
Borges nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986. Entre ambas fechas hubo muchos Borges. El joven ultraísta, el poeta criollo, el bibliotecario, el profesor, el conferenciante, el cuentista metafísico, el anciano ciego que dicta sus textos y vuelve una y otra vez sobre los mismos símbolos, el escritor resignado ante su propio desdoblamiento.
Los títulos que llegan este mes de junio permiten conocer un poco más a algunos de esos Borges. El Aleph representa al Borges más clásico: el de los cuentos que condensan una especulación filosófica en una maquinaria narrativa perfecta. Aquí están la eternidad, la memoria, el doble, la traición, la enumeración imposible. Se ha dicho muchas veces que el Aleph, ese punto que contiene todos los puntos, podría leerse como una prefiguración de internet: una totalidad simultánea, una promesa de acceso absoluto al mundo, un vértigo de imágenes que amenaza con anular la experiencia. La comparación confirma que sus metáforas, si las sabemos leer bien, siguen encontrando formas nuevas de encarnarse.
El informe de Brodie, en cambio, muestra a un Borges más seco, menos especulativo, y liberado de antiguos barroquismos. En el prólogo escribe: “Unos cuantos argumentos me han hostigado a lo largo del tiempo; soy decididamente monótono”. La frase es una confesión y una poética. Borges se repite porque sabe que toda literatura importante vuelve sobre una pequeña constelación de obsesiones. Pero no hay monotonía en ese regreso, sino variación. Como ocurre en los espejos, donde la imagen reflejada parece siempre la misma, aunque nunca lo es.
El tango abre otro camino: el Borges folclórico o, mejor, el Borges que inventa una tradición mientras parece recordarla. El arrabal, los cuchilleros, Palermo, los compadritos y la épica menor de Buenos Aires pertenecen a una zona de su obra que a veces se lee como decorado local, cuando en realidad constituye una de sus formas de mitología. Borges entendió pronto que lo universal no se alcanza huyendo de lo propio, sino encontrando en lo propio una conexión secreta con el mundo. Por su parte, las Conferencias reunidas nos permiten escuchar al Borges académico y oral: el lector que convierte la erudición en relato, el profesor que habla de Dante, de la literatura inglesa, de los sueños, de la cábala o de la eternidad como si estuviera siguiendo una conversación antigua.
Sensible y agradecido
Al decir de Italo Calvino, un clásico no termina nunca de decir lo que tiene que decir. Podríamos decir entonces que un clásico es aquel que logra hacernos creer que todo lo que dice habla de nosotros y de nuestra época; aquel que nos hace sentir, de algún modo, como parte de un milagro. El propio Borges verbaliza este fenómeno en una de sus conferencias: «El lector debe pensar: Yo siempre he sentido esto y no he podido expresarlo hasta entonces». Escritores como Vargas Llosa, Han Kang, Mircea Cartarescu y Samanta Schweblin, tan ajenos unos de otros, han reconocido la impronta del escritor argentino en su obra. Cuarenta años después de la muerte de Borges, la reedición de su obra no debería leerse como un homenaje fúnebre, sino como una puerta de entrada hacia el sótano donde se encuentra el Aleph; como una invitación a traspasar el umbral dirigida especialmente a los nuevos lectores. Son ellos quienes merecen adentrarse en los laberintos borgianos para descubrir que, en los clásicos, y Borges lo es, todavía laten la revelación y el peligro.
Si nos fiamos de sus palabras, Borges fue, antes que nada, un “sensible y agradecido” lector que hizo de la lectura una forma de invención. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”, escribió en el poema Un lector. De ahí que escribiera como si el mundo fuera una biblioteca que contiene los sueños desordenados de todos los hombres. En el epílogo de El hacedor, Borges imaginó esta metáfora: cuando alguien se propone la tarea de dibujar el mundo, termina descubriendo que ese “paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara». Volver hoy a Borges no consiste solo en explorar o revisitar sus símbolos propios (el infinito, los “abominables espejos”, el laberinto, “el inconcebible universo”), sino en reconocer que todos nosotros, literaria y literalmente, estamos contenidos en ellos. También el último Borges. El hombre resignado a ser siempre el mismo y otro.
“Yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”, escribió en el relato Borges y yo. No es fácil convivir con el reflejo aumentado de uno mismo que proyecta la escritura. La historia se ha seguido repitiendo durante cuarenta años. Borges permanecía en un discreto silencio mientras los demás escribíamos por él. Por fortuna, la reedición de su obra nos permite escuchar de nuevo su propia voz y silenciar a los epígonos. “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.” El desdoblamiento, la identidad permeable o difusa, el inexorable paso del tiempo, y la resignación ante la evidencia de que “el mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.” Bendita resignación.
