Doctora en Literatura Comparada por parte de la Universidad del Sur de California, la mexicana Gabriela Jauregui, cuyo catálogo está formado por cuentos, novelas, poesía y ensayo, esta vez presenta en Zorra (Lava Editorial, 2026) suspense de manual. Solo necesita 111 páginas para llevarte a su mundo. No le hace falta más.
1/ Hay una frase preciosa al principio de Zorra: «La primavera que llegaron hubo una tormenta poco usual y el agua trajo arañas, muchas arañas. La gente local les explicó que las arañas son las que portan las historias». ¿Dónde encuentras tú las historias?
Depende. Generalmente siento que las historias me encuentran a mí, y a veces sucede que es en forma de imágenes, como por ejemplo las arañas, o, en el caso específico de esta novela, haciendo mucho trabajo de investigación. Me encanta investigar porque soy una nerd.
2/ ¿Cómo fue este trabajo de investigación exactamente? ¿Por dónde empezaste?
De pronto hay imágenes. Los cimientos de Zorra empiezan hace diez años, en un cuento que escribí en mi primer libro, que se publicó en Sexto Piso. El cuento trataba de una zorra, y yo me obsesioné con ella porque leí un artículo de un hombre ruso que desde la era soviética estaba tratando de domesticar zorros. Un experimento genético fascinante. Ahí se me apareció mi primera zorra. Se quedó rondándome la cabeza como a la pobre mujer de la novela, durante diez años.
3/ Normalmente las obsesiones son algo malo, pero en este caso tu obsesión por las zorras ha llegado a buen puerto.
La investigación me llevó a mapear y rastrear a las zorras a través de los continentes. El zorro está en todas partes y es una figura muy potente. Estuvo bien, creo que la obsesión estuvo bien. Tratamos de encauzarla de forma positiva y no acabar en el manicomio, por eso escribimos.
4/ Es interesante todo lo que surge del mundo rural, alejado de las grandes ciudades. En México y casi todos los países de América Latina esto tiene otras connotaciones: es más silvestre, te puedes adentrar en la selva, arrimarte a pueblos originarios. El suspense de Zorra empieza en este mundo rural. ¿Qué te atrae de esa lejanía de las ciudades?
Yo me mudé de la ciudad justo durante la pandemia. Lo que pensé que iban a ser dos semanas de vacaciones se volvieron seis años. Soy la persona más citadina, o eso pensaba de mí misma, y enfrentarte con el campo es algo fuerte. En el caso de México no existe lugar vacío o despoblado: están los pueblos originarios, y se ha vuelto un lugar de fricción y tensión, de quién desplaza a quién. Me empezaron a surgir preguntas una vez que ya estaba allí. Extrañaba mucho el ruido de la ciudad y la gente, y de pronto pensé qué voy a hacer aquí. Pero yo sí hablo con mis vecinas y vecinos, y sí tengo amigas, no como nuestros personajes del libro.
5/ Sobre la pareja de personajes, no se sabe nada de su pasado y se sabe poco de su futuro, y con la visitante sucede lo mismo. El suspense se mantiene y está muy bien logrado. ¿Qué referencias has tenido en este género?
De niña leía muchos libros de misterio y de crimen. Cosas como Agatha Christie, una maestra del suspense. Pero de quien soy fan total es de Patricia Highsmith. Para mis dos últimos libros he leído un montón a Wajdi Mouawad, otro maestro del suspense, y del horror psicológico. Pocos libros me han dejado más traumatizada que Ánima, me pareció una obra maestra sublime.
6/ Has recibido apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte en México: ¿cómo funciona este programa?
Son becas que se inventaron hace poco más de treinta años. El sistema previo se llama Jóvenes Creadores. A partir de los 35 llega este Sistema Nacional de Creadores de Arte, apoyo del Gobierno. Planteas un proyecto de tres años y, si te selecciona el jurado, te dan un apoyo mensual económico durante todo este tiempo. Es una cantidad muy muy buena. Puede tener sus críticas pero ha sido un sistema que ha permitido que en México un montón de creadores (artes visuales, escritura, cine) tengamos la oportunidad de producir cosas que de pronto reverberan en otro países, no solo en México.
